Por Rabina Judy Nowominski. de Buenos Aires, Argentina. (Jaguim uMoadim es una publicación de Masortí AmLat)

Es el día quince del mes de shvat: y es «rosh hashaná lailanot», el comienzo del año para los árboles. Ese día llega a su fin el invierno y comienza la época en que florecen los árboles y las plantas.
Si bien es una fiesta menor ya que no es mencionada en la Torá, aparece en el Talmud y nos recuerda siempre nuestro deber para con la naturaleza y el cuidado del planeta.
«Cuando pongas sitio a una ciudad por mucho tiempo para conquistarla, no destruirás sus árboles con hachas, puedes comer sus frutos.
Porque el hombre es árbol del campo…» (Deuteronomio 20:19)
Diferentes versículos de la Biblia nos enseñan acerca del vínculo entre el árbol y el ser humano.
Y aparentemente podemos aprender mucho sobre el Ser Humano y su esencia observando los árboles y su desarrollo.
«Y será como un árbol plantado por corrientes de agua que trae su fruto a su debido tiempo y cuyas hojas no se marchitan, y en todo lo que hace prospera» (Salmos 1:3)
Uno de los aspectos es el vínculo con la tierra. Así como un árbol crece de la tierra, el ser humano se alimenta de la tierra. Y así como el árbol al ser separado de la tierra muere, también el ser humano no puede vivir desarraigado. Uno de los motivos de tanto sufrimiento en nuestra época es justamente la falta de pertenencia social. El sentimiento de soledad y sentirse extraño entre la multitud y las redes sociales. La falta de arraigo, como una planta artificial o una flor sintética y de plástico que no necesita de tierra y agua y por eso no crece ni florece, aunque no se marchite.
La propuesta de nuestras fuentes es otra. Los textos describen al «tzadik» (justo) plantado en un hermoso lugar, próspero y brindando frutos.
«El justo florecerá como la palmera. Crecerá como en cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Adonai, florecerán en los atrios de nuestro Dios» (Salmos 92, 13-14)
El ser humano vinculado al lugar, establece relación y compromiso con su entorno. Es así como tiene probabilidad de florecer, avanzar, mejorar y dar frutos.
Otra cualidad de los árboles es la relación y proporción entre las raíces y las ramas.
Este paralelo es mencionado en el talmud: «Aquel cuya sabiduría supera a sus buenas acciones se asemeja a un árbol cuyo follaje es profuso pero sus raíces son débiles: cuando sopla el viento lo desarraiga y lo derriba a tierra; pues está dicho (Jeremías 17:6) ‘Y será como arbusto en el desierto en la tierra salitrosa e inhabitable.’ Pero aquél cuyas buenas acciones superan a su sabiduría, se asemeja a un árbol cuyo follaje es restringido, pero sus raíces son fuertes: y, aunque todos los vientos de la tierra se desencadenen sobre él, permanece incólume, pues así está dicho (Jeremías 17:8): ‘Y será como árbol plantado a la vera de las aguas, que echa sus raíces hacia la corriente, y no teme la venida del calor, conserva su follaje verde, en año de sequía no la siente y no deja de dar fruto'» (Avot, 3:17) Parece ser que debemos ocuparnos de las raíces, de nuestras acciones en el mundo para lograr estabilidad y el equilibrio justo. Aunque las raíces no están a la vista son las que permiten que crezcan las hojas verdes y los frutos dulces. Las raíces son las que fijan al árbol a la tierra. Si nuestras raíces son nuestras acciones deberíamos cuidarlas, estableciendo siempre un buen equilibrio entre sabiduría, sueños y anhelos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *